Mi
viejo siempre ha tenido la extraña sensación de que viene del mar. Que es hijo del mar.
Que
conoce cada arrecife, cada montaña submarina, cada universo de partículas que
completan de manera sistematizada un océano azul esperanza.
Pero
a su edad ya es una competencia extrema apenas llegar al televisor. Leer el periódico.
El
simple hecho de comer ya le resulta un maratón, una prueba digna de medalla. De
record mundial.
Me
ha dicho: “necesita de mi el mar, para subsistir, para llevar barcos a horizontes perdidos, a
islas encantadas, llenan de piratas, llenas de sal.
Le
he contestado que su condición no se le permite, moriría, al tratar de salvar
al mar. Su presión lo delataría.
De
lo acontecido ya han pasado días, mi viejo se muere, ya no come, ya no tiene
ganas de vivir.
Se
muere a cada instante, se muere de sed, de extender sus velas en altamar.
Hoy
le he dicho, viejo lindo, hoy vamos al mar.
Entonces
sonrió, entonces la juventud que guardaba para la posteridad se apodero del el.
Partimos
en el coche, a la hora de trayecto le pedí,
que cerrara los ojos, para que al ver las inmensas olas, al ver ese azul eclipsante,
sonriera como un niño, sonriera a vida.
A
la hora y media de trayecto paramos, compramos un tickets, 120 metros derechos,
50 metros a la izquierda y 20 metros en diagonal.
Entonces
le dije: Viejo mueve tus manos, ya estas en el mar. Agítalas fuerte, para que
escuches las olas. Para que te sientas parte de tu mar.
El
viejo abrió los ojos y se dio cuenta que no estaba en el mar, sino en museo
interactivo, donde se encuentra una habitación, donde por medio de infrarrojos,
bocinas de alta definición se puede recrear el sonido de mar, que entre mas
agites tus manos mas van cambiando los sonidos, de una simple lluvia hasta un huracán.
Mi
viejo sonrió y nunca me reclamo, mi incompetencia
ante su necesidad de salvar al mar.
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