domingo, 5 de agosto de 2012

Viaje al centro del mar




Mi viejo siempre ha tenido la extraña sensación de que viene del mar. Que  es hijo del mar.
Que conoce cada arrecife, cada montaña submarina, cada universo de partículas que completan de manera sistematizada un océano azul esperanza.
Pero a su edad ya es una competencia extrema apenas llegar al televisor. Leer el periódico.
El simple hecho de comer ya le resulta un maratón, una prueba digna de medalla. De record mundial.

Me ha dicho: “necesita de mi el mar, para subsistir,  para llevar barcos a horizontes perdidos, a islas encantadas, llenan de piratas, llenas de sal.
Le he contestado que su condición no se le permite, moriría, al tratar de salvar al mar. Su presión lo delataría.

De lo acontecido ya han pasado días, mi viejo se muere, ya no come, ya no tiene ganas de vivir.
Se muere a cada instante, se muere de sed, de extender sus velas en altamar.
Hoy le he dicho, viejo lindo, hoy vamos al mar.

Entonces sonrió, entonces la juventud que guardaba para la posteridad se apodero del el.
Partimos en el coche, a la hora de trayecto  le pedí, que cerrara los ojos, para que al ver las inmensas olas, al ver ese azul eclipsante, sonriera como un niño, sonriera a vida.
A la hora y media de trayecto paramos, compramos un tickets, 120 metros derechos, 50 metros a la izquierda y 20 metros en diagonal.

Entonces le dije: Viejo mueve tus manos, ya estas en el mar. Agítalas fuerte, para que escuches las olas. Para que te sientas parte de tu mar.

El viejo abrió los ojos y se dio cuenta que no estaba en el mar, sino en museo interactivo, donde se encuentra una habitación, donde por medio de infrarrojos, bocinas de alta definición se puede recrear el sonido de mar, que entre mas agites tus manos mas van cambiando los sonidos, de una simple lluvia hasta un huracán.

Mi viejo sonrió y nunca me reclamo,  mi incompetencia ante su necesidad de salvar al mar.

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